Vivimos en la lógica del producto. Una lógica implacable que exige transparencia absoluta, fechas de caducidad claras y una lista de ingredientes concisa en la etiqueta. «Bajo en grasas saturadas», «Hecho en enero de 2000», «Consumir antes de que tenga una mala actitud». Esta última frase, evidentemente absurda en un producto, es la norma autoimpuesta en la experiencia humana.
La Campaña de Marketing del Ser
El simulacro ha permeado la forma en que nos relacionamos. Como si fuéramos bienes de consumo, muchos de nosotros sentimos la obligación de presentarnos ante los demás con una campaña de marketing impecable: las mejores promociones, las características más pulidas, una narrativa personal libre de fallas. Esperamos que el otro venga a comprarnos, y nos volvemos jueces exigentes, esperando que la gente demuestre, con credenciales y flashes de virtud, que es digna de nuestro tiempo y atención.
Esta exigencia de un «yo» perfectamente etiquetado y promocionado es, paradójicamente, una manifestación de lo que Jean Baudrillard llamó el simulacro. Lo que consumimos es una copia de una copia, un hiperrealidad donde la verdad del ser ha sido sustituida por su imagen publicitaria.
El Berrinche del Deseo No Resuelto
Pero el simulacro, en su esencia, no es más que un reflejo infantil y desesperado. En el trasfondo late el deseo no resuelto del que hablaba Jacques Lacan. La falta, esa ausencia constitutiva que nos define, intentamos llenarla no con el encuentro auténtico, sino con la negación de la negatividad.
Si la «otredad» de Byung-Chul Han es devorada por el «yo» —transformando el encuentro en un consumo— cada berrinche por lo que nos falta se convierte en una cruzada moralista. Exigimos perfección, porque en la perfección del otro proyectamos la ilusión de que nuestra propia falta puede ser anulada. El error ajeno nos irrita porque amenaza nuestra cuidadosamente construida ilusión de control.
Misterio y la Responsabilidad
Es hora de romper la etiqueta.
Necesitamos dar paso al misterio, a la posibilidad de equivocarnos. Debemos respetar la identidad del otro, y también la falta de ella, la indefinición, el proceso. La vida no es una fórmula probada ni un prospecto farmacéutico.
El verdadero acto de madurez es volver la responsabilidad del error y el fracaso a nuestras propias manos. Dejar de buscar culpables en el mal packaging o en el defecto de fábrica del otro, y enfrentar nuestro propio miedo al dolor. Solo cuando el miedo a la equivocación disminuya, podremos dejar de exigir la perfección estéril del producto.
Salir de la caverna de Platón no es un logro épico que requiere un máster en personal branding. Es, simplemente, el primer paso que requiere tomar la vida con ambas manos, aceptando que la luz puede cegar, el camino puede ser incierto, y la belleza reside en la imperfección no etiquetada.
por Black Armor y el anónimo resentido

blackarmor
Hace mucho me gustaba escribir, luego ocurrió la vida y desaparecí. Aquí estoy de vuelta, espero poder compartir con Uds. algunas luces que uno va divisando en la vida.


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