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¿Dónde se va el amor?

Dime algo: ¿todavía amas las mismas cosas que amabas hace cinco años? Probablemente no. Y no hablo solo de esa ex pareja que hoy te parece un completo extraño, sino de tus ideales, tus proyectos y hasta la forma en que te miras al espejo. Tenemos esta idea romántica de que el amor es una roca inamovible, pero la realidad es mucho más dinámica: el amor es, en realidad, un radar que se recalibra cada vez que nosotros cambiamos. Si tú no eres el mismo, es imposible que tu intención hacia el mundo lo sea.


El amor como intención

Solemos pensar que el amor es algo que simplemente «nos pasa», pero si lo analizamos con frialdad, es la intención manifiesta de volcar nuestra energía hacia algo. Ya sea que te apasione una causa social, que estés obsesionado con tu carrera o que estés intentando aprender a quererte a ti mismo, siempre hay un interés detrás.

No te asustes con la palabra «interés». No siempre es egoísmo. A veces, el interés es simplemente la necesidad de encontrar sentido. Ese volcarse hacia el objeto —sea una persona o una idea— es lo que nos saca del estancamiento. Amamos para movernos, para salir de nuestro propio ruido mental y conectar con algo que nos haga sentir vivos. Es una fuerza que proyectamos hacia afuera, pero que nace de lo que somos en ese preciso instante.

Cuando el «yo» se muda de piel

Aquí es donde la cosa se pone interesante. Tú cambias, tus células se renuevan, tus traumas se procesan (o se acumulan) y, por ende, el foco de tu acción también se ajusta. Es lo que podríamos llamar una ajuste mayor de la identidad. Si hoy tu prioridad es tu paz mental, tu forma de amar será mucho más selectiva y silenciosa que cuando tenías veinte años y buscabas el drama como motor de vida.

Este ajuste de foco es vital para no vivir en una proyección construida de nosotros mismos. Muchos sufren porque intentan mantener vivos amores o pasiones que pertenecían a una versión de ellos que ya no existe. Se obligan a que les guste lo mismo, a sentir lo mismo por la misma persona, ignorando que su «nuevo ser» tiene necesidades distintas. El amor es honestidad, y la honestidad requiere aceptar que nuestro foco se mueve según la luz que tengamos dentro.

El amor propio y la pasión como motores de cambio

A veces, el amor se gira hacia adentro. No como un acto de narcisismo barato de redes sociales, sino como una recalibración necesaria. Cuando el amor hacia nosotros mismos cambia, automáticamente cambia el valor que le damos a los objetos externos. Si dejas de ser un sujeto que busca validación constante, el «interés» de tu amor hacia los demás deja de ser una demanda y se convierte en un regalo.

La pasión por lo que hacemos —ese fuego que nos quema por dentro— funciona igual. Es la manifestación de nuestra energía vital buscando un lugar donde aterrizar. Si hoy te apasiona algo nuevo, no es una traición a tu pasado; es la prueba de que estás vivo. El amor, en todas sus formas, es el lenguaje que usamos para comunicarnos con la realidad, y como todo lenguaje, evoluciona con el hablante.


El amor no es un destino, es un proceso de ajuste constante. Es la intención que decidimos ponerle a la vida, sabiendo que mañana esa intención podría apuntar hacia otro horizonte. Cambiamos nosotros y, con nosotros, cambia la forma en que abrazamos el mundo. No intentes congelar tus sentimientos; permite que tu nuevo ser encuentre sus nuevos focos.

Al final del día, la pregunta no es a quién o qué amas, sino: ¿desde qué versión de ti mismo estás amando hoy?

blackarmor

Hace mucho me gustaba escribir, luego ocurrió la vida y desaparecí. Aquí estoy de vuelta, espero poder compartir con Uds. algunas luces que uno va divisando en la vida.

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