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La distancia más corta entre dos puntos no es el amor

Hay una trampa silenciosa en la que casi todos caemos tarde o temprano: la ilusión de la sincronía. Nos vendieron la idea de que el amor es como un dueto de piano perfectamente ensayado donde ambos apretamos las mismas teclas al mismo tiempo, con la misma fuerza y con el mismo ritmo.


Pero la realidad se parece mucho más a un trayecto de tráfico en hora punta. Uno va acelerando por la autopista, listo para tomar la salida hacia el compromiso total, mientras la otra persona recién está buscando estacionamiento o lidiando con un semáforo en rojo.


El amor entre dos personas jamás es lineal. No hay una barra de carga con un porcentaje exacto que avance en simultáneo para los dos.


Imagínate la escena: estás en una terraza, cae la tarde, la conversación fluye increíble y de pronto te aborda una ola de claridad absoluta. Te da esa urgencia casi física de soltar un «te amo» o de proyectar un viaje a tres años plazo. Lo sientes en el pecho, lo necesitas decir, necesitas volcarlo. Lo sueltas… y del otro lado recibes una sonrisa cálida, un abrazo apretado, pero no la misma respuesta exacta con la misma intensidad.


Ahí es donde el ego suele jugarnos una pésima pasada. El guion de Hollywood nos dice que si no hay un eco inmediato, hubo un terremoto. Aparece el fantasma del rechazo: «¿Me habré acelerado?», «¿Valgo menos para esa persona?», «¿Me estará engañando o jugando conmigo?«.
Error de cálculo.


Que la otra persona no esté parada en el mismo escalón en el que tú estás hoy no significa que no esté subiendo la misma escalera. Significa, simplemente, que sus procesos internos, sus ritmos emocional y sus historias previas le dictan otro tiempo. Hay quienes necesitan observar desde la orilla un rato antes de tirarse a la piscina; otros se lanzan de cabeza apenas ven agua.

Ninguno de los dos enfoques es superior al otro.
Aceptar que el afecto no viaja en una línea recta es una de las mayores muestras de madurez emocional. Aprender a no sentirse menos, no asumir un engaño ni tomarse como una afrenta personal que los tiempos no coincidan, es sano. Es, de hecho, la única forma de construir algo sostenible.


Si tu impulso de expresar lo que sientes nace de un lugar genuino, esa entrega ya tiene valor por sí sola. No pierde validez porque el otro no tenga la misma frase lista en la punta de la lengua. Expresar lo que sientes no es una transacción comercial donde das un afecto a cambio de un recibo equivalente de inmediato.


La clave no está en exigir que el otro corra a tu velocidad, sino en observar si caminan hacia la misma dirección. Si hay cuidado, presencia y reciprocidad en los hechos diarios, la falta de sincronía temporal en las palabras o en las etapas es solo eso: un desfase de reloj. Y los relojes, con paciencia y sin presiones absurdas, siempre se pueden terminar ajustando.

blackarmor

Hace mucho me gustaba escribir, luego ocurrió la vida y desaparecí. Aquí estoy de vuelta, espero poder compartir con Uds. algunas luces que uno va divisando en la vida.

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