Dime algo: ¿Cuándo fue la última vez que sentiste que tus problemas eran culpa de alguien a quien ni siquiera conoces? Es una sensación seductora, casi eléctrica. De repente, tu frustración tiene un rostro, una nacionalidad o una creencia a la cual señalar. Pero cuidado, porque en el momento en que compras ese discurso, te conviertes en la pieza de un tablero que no manejas. Aquí la paradoja: nos prometen unidad señalando a «los otros», pero lo único que logran es que acabes tan solo y dividido como el país que intentas «salvar».
La ingeniería de la fractura: divide y vencerás
Cuando el Odio crece en una sociedad no es un accidente, es un diseño. Como bien se vio en los momentos más oscuros del siglo XX, para conquistar a una nación unificada primero hay que romperla en pedazos pequeños. Se utiliza el prejuicio como un arma práctica para paralizar el pensamiento. No es que nazcamos odiando; es que alguien, en algún lugar, necesita que odies para obtener algo a cambio.
Tú escuchas a un tipo en una esquina —o en un hilo de X (Otrora Twitter)— gritando sobre «extranjeros» o «fachos y comunistas» que vienen a quitarte lo tuyo. Mientras el discurso no te toque a ti, te sientes a salvo, incluso parte del grupo «elegido». Pero la trampa del fanatismo es que siempre necesita una nueva víctima. Hoy son ellos, pero mañana, cuando el círculo se estreche, el enemigo podrías ser tú. Es el burnout de la convivencia: una vez que empiezas a tachar nombres de la lista de «verdaderos ciudadanos», la lista termina quedándose vacía.
El espejo del fanatismo: cuando tú eres el siguiente
Hay un momento de despertar brutal cuando el orador menciona a un grupo al que tú perteneces. De repente, el discurso ya no es «valiente» ni «necesario», es un ataque personal. Esa es la gran mentira del supremacismo y la exclusión: nos hacen creer que estamos en el bando de los ganadores hasta que el cuchillo nos roza el cuello.
En este simulacro de patriotismo, se nos olvida que no existen «otros» pueblos dentro de una nación; solo existe el pueblo. La estrategia de usar el prejuicio para cegarnos es tan vieja como efectiva. Al enfocarte en el odio hacia el vecino, dejas de mirar hacia arriba, hacia donde realmente se están tomando las decisiones que afectan tu vida. Te devuelven a un estado infantil de «nosotros contra ellos», anulando tu capacidad de análisis y llevándote de vuelta al balbuceo del conflicto básico.
Romper el guion: de la reacción al pensamiento
Estamos en modo veo y reacciono, listos para saltar ante cualquier estímulo que confirme nuestros miedos. Pero la verdadera resistencia no es gritar más fuerte, sino recuperar la corteza frontal y entender el juego. Cuando escuches a alguien sembrar división, pregúntate siempre: ¿quién se beneficia de este caos? Te aseguro que no serás tú.
La libertad no se construye levantando muros entre ciudadanos, sino entendiendo que nuestra fuerza reside en la capacidad de no dejarnos engañar por el primer charlatán que nos ofrece un chivo expiatorio. El prejuicio es el hack que usan para desmantelar la democracia desde adentro.
El odio es un producto que te venden para que otro se quede con la ganancia. No seas el incauto que compra una entrada para su propia destrucción. La soledad del otro es tu propia soledad; si permites que lo aíslen a él, te estás quedando solo tú. Deja de buscar culpables en la fila del supermercado o en la pantalla de tu móvil. La próxima vez que alguien te pida que odies en nombre de la unidad, recuerda que la única unidad real es la que nos incluye a todos. No seas el tonto útil de una guerra que no es la tuya.
~por Black Armor
te dejo este video que me inspiro a escribir este pequeño texto…

blackarmor
Hace mucho me gustaba escribir, luego ocurrió la vida y desaparecí. Aquí estoy de vuelta, espero poder compartir con Uds. algunas luces que uno va divisando en la vida.


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