Textos de opinión, columnas y reflexiones, una pausa sin culpa en la sociedad del rendimiento.

Capitalismo existencial

Vivimos en la era de la «biografía del rendimiento». Desde que despertamos hasta que cerramos los ojos, nuestra valía personal parece medirse por un contador de productividad: cuántos correos respondimos, cuantos likes tuvimos, cuántos pasos caminamos, qué bienes acumulamos o qué tan productivo resultó nuestro día. Hemos convertido la existencia en una guerra de verbos, donde el «Hacer» y el «Tener» han sitiado casi por completo al territorio del «Ser».

Esta batalla no es solo semántica; es una crisis de identidad profunda que estalla cuando la maquinaria de producción se detiene.

Culturalmente, hemos aceptado un contrato tácito: vales lo que produces. Bajo esta lógica, el ser humano se reduce a una herramienta. Pero, ¿qué ocurre cuando la herramienta se desgasta?

Cuando llegan la vejez, la enfermedad, una crisis económica o simplemente el agotamiento, el «hacer» se desmorona. Si nuestra identidad está anclada exclusivamente a nuestras capacidades de producción, la pérdida de estas funciones se vive como una muerte civil y espiritual. Sin el «hacer», sentimos que el sentido de la vida se evapora, dejándonos en un vacío existencial aterrador.

Somos mas mientras mas tenemos?

Para ganar esta guerra, es imperativo recordar que somos seres multidimensionales. Nuestra esencia no es una línea recta de resultados, sino un espectro complejo, somos hijos, padres, hermanos y hermanas, trabajadores, amigos, jugadores de LOL, músicos, pintores… o simplemente somos (aun no teniendo nada).

Trascender el «hacer» no significa abrazar la indolencia, sino entender que el trabajo y la posesión son solo circunstancias, no esencias. El sentido de la vida no puede ser algo que se nos pueda quitar con un despido o una limitación física.

«La dignidad humana no es un producto derivado de la eficiencia; es un atributo intrínseco del existir.»

Cuando perdemos la capacidad de producir, no perdemos el derecho al propósito. El sentido del ser reside en la consciencia, en la capacidad de amar, en la resiliencia del espíritu y en la simple pero profunda experiencia de estar presentes.

La verdadera libertad comienza cuando comprendemos que ser es suficiente. Al despojar al «hacer» de su corona tiránica, permitimos que la vida florezca en su totalidad. No somos máquinas que necesitan mantenimiento para seguir operando; somos conciencias explorando el universo.

Al final del camino, no se nos recordará por la optimización de nuestras horas, sino por la profundidad de nuestra presencia y la calidad de nuestra humanidad. En la guerra de los verbos, es hora de que el «Ser» firme la paz y reclame su trono.

blackarmor

Hace mucho me gustaba escribir, luego ocurrió la vida y desaparecí. Aquí estoy de vuelta, espero poder compartir con Uds. algunas luces que uno va divisando en la vida.

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