Vivimos en la era del resplandor permanente. Encendemos la pantalla y una constelación de pequeñas luces nos da la bienvenida: el pulso verde de una conexión activa, la notificación en fuego que celebra una racha de mensajes, el corazón rojo que titila en una esquina de la interfaz. Hemos aprendido a leer el afecto en lumens y a medir la cercanía en milisegundos de respuesta. Sin embargo, en medio de esta resplandeciente noche digital, resulta urgente preguntarnos qué estamos mirando realmente cuando creemos mirar al otro.
El ecosistema digital nos ha vuelto arquitectos de escenarios impecables. En las aplicaciones de citas y en los perfiles de redes, no nos encontramos con personas; nos encontramos con su versión curada, un holograma diseñado para gustar. El deseo ya no nace del descubrimiento torpe e imprevisto del cuerpo del otro, sino de la interacción con una interfaz pulida. El amor se convierte en un catálogo donde deslizar hacia la izquierda o la derecha es un acto de consumo instantáneo. Nos enamoramos del reflejo, de la promesa de la luz, pero rara vez de la sombra.
Con la amistad ocurre un fenómeno similar. Creemos estar profundamente conectados porque sabemos qué desayunó un amigo a tres mil kilómetros de distancia o porque intercambiamos memes a medianoche. Pero la presencia se ha evaporado en favor de la disponibilidad. Confundimos el archivo adjunto con la compañía y el hilo de chat con la conversación. La intimidad ha sido reemplazada por un circuito cerrado de señales que nos reconfortan, pero que jamás nos exigen la incomodidad, el silencio o el abrazo tangible.
El riesgo contemporáneo no es el aislamiento, sino la ilusión perfecta de la compañía. Nos hemos construido una ciudad iluminada donde no existe la oscuridad, pero tampoco el cielo abierto. Creemos tocar el cosmos porque todo brilla, olvidando que las luces de la ciudad solo iluminan el asfalto que nosotros mismos pavimentamos, mientras que las verdaderas estrellas —esas que exigen paciencia, distancia real y sobre todo, la capacidad de mirar en la penumbra— siguen ahí fuera, esperando a que nos atrevamos a apagar la pantalla.

blackarmor
Hace mucho me gustaba escribir, luego ocurrió la vida y desaparecí. Aquí estoy de vuelta, espero poder compartir con Uds. algunas luces que uno va divisando en la vida.

