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Amor y simulacro

Vivimos una era en la que los afectos y las relaciones han migrado hacia nuevas plataformas. Lejos de los encuentros presenciales o las formas tradicionales del amor, se abren paso vínculos que se tejen a través de pantallas, teclas y redes. En este contexto, las relaciones platónicas a distancia y el sexting no son meras anécdotas de una generación hipertecnológica, sino expresiones legítimas de afecto, deseo y acompañamiento.

El filósofo Jean Baudrillard, en su obra Simulacros y simulación, reflexiona sobre cómo la realidad ha sido desplazada por representaciones que terminan por suplantarla. Esta «hiperrealidad» se impone como una capa conceptual que moldea nuestras experiencias. Ya no distinguimos con claridad entre lo material y lo simbólico; habitamos ambos mundos a la vez. La digitalidad no es una simple herramienta, sino una extensión de nuestro ser. Ya no «entramos» a internet: lo llevamos con nosotros, lo incorporamos a la vida cotidiana, lo hacemos parte del yo.

Este fenómeno modifica profundamente nuestras nociones de vínculo, intimidad y amor. Las relaciones digitales no son menos reales por carecer de contacto físico. La afectividad, por su propia naturaleza, es intangible. Si bien Byung-Chul Han señala que el amor implica una negación de uno mismo para habitar al otro —una renuncia que solo se da en la materialidad del encuentro—, también es cierto que las emociones se manifiestan y se viven con intensidad en entornos digitales. La contención emocional, la complicidad, incluso la atracción sexual, pueden desarrollarse en ese plano.

La cultura japonesa, por ejemplo, ha integrado de forma explícita figuras de acompañamiento emocional digital, como los hologramas afectivos. Este tipo de experiencias, que podrían parecer artificiales, demuestran cuán permeable es la frontera entre lo real y lo simulado. No se trata de afirmar que lo digital reemplaza al mundo físico, sino de reconocer que conforma una dimensión donde también se construyen subjetividades, vínculos y sentidos.

En este cruce entre lo emocional y lo digital se diluyen las fronteras con otros planos: las ideas, las fantasías, las mentiras, las percepciones. Una fake news puede modificar el comportamiento social; una tendencia en redes puede alterar nuestra estética o gusto; el fenómeno fan puede redefinir nuestra percepción del atractivo. Así como una relación a distancia puede mover nuestras emociones con la misma intensidad que una relación cara a cara.

Estos cambios apuntan a una transformación mayor: la redefinición del paradigma relacional. Las relaciones se han vuelto más volátiles, más efímeras. La cultura del «desechable» se cuela en el ámbito afectivo. Nos centramos más en nosotros mismos y menos en los demás. En nombre del autocuidado evitamos la entrega, renunciamos al riesgo, limitamos el dolor, pero también la posibilidad de crecer en el encuentro con el otro.

Paradójicamente, buscamos proteger nuestras emociones exponiéndolas a la intemperie: las compartimos en redes, las transformamos en contenido, las estetizamos. Pero al mismo tiempo, negamos su profundidad para evitar el sufrimiento. El miedo a ser heridos ha mutado en miedo a actuar, y ese miedo nos encierra en islas de individualismo.

Sin embargo, como recordaba John Donne, «ningún hombre es una isla». Por más que los vínculos cambien de forma, seguimos necesitando del otro para construirnos. La era digital no elimina esta necesidad, solo la redefine. Quizá la clave esté en dejar de preguntarnos si estas relaciones son «reales» o «falsas», y comenzar a explorar cómo habitarlas con honestidad, cuidado y presencia emocional, incluso —y especialmente— cuando se dan en el plano intangible de la simulación.

~~por Black Armor

blackarmor

Hace mucho me gustaba escribir, luego ocurrió la vida y desaparecí. Aquí estoy de vuelta, espero poder compartir con Uds. algunas luces que uno va divisando en la vida.

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